Relatos

Varios autores
ISBN: 978-84-95470-690
Editorial: Odisea
Fecha de edición: 2007
Páginas: 315
Materias:Narrativa Masculina    
18,95 €

Compuesto por 12 relatos que retratan lo que algunos denominaron la removida, mi relato fué toda una experiencia personal,

un cuento en primera persona sobre lo retorcidos que podemos llegar a ser, sobre la cobardía y el amor. Puedes leer mi relato

adquiriendo el libro "El último baile", también descubriras los relatos de Javier Giner, Miguel G, Alex Rei, Roberta Marrero...

EL SOPLO ENTRE LOS CRISTALES

 

Te di todo el placer que necesitabas, te di todo el amor que anhelabas, los abrazos que te ahogaban, todos los besos que te alimentaban, y te di el mal. A cambio me diste las gracias, y salí por el pasillo del hotel Urban sonriendo y sin mirar atrás. Tenías razón, a tu ex-novio le va el sexo a pelo.

La venganza.

Nunca usaba preservativo para follar. Por eso pagaba más. El mayor riesgo era controlar el momento en el que iba a correrse, le gustaba echarlo todo en la boca, pero a veces fallaba. Y es un fastidio recibir el esperma en el ojo.

El ojo por ojo.

Eras gordo y feo, tenias una hernia enorme en la ingle que te oprimía el miembro y parte de los nervios de la pierna, que hacia que cojearas, pagabas muy mal por arañarme con tus uñas mi intestino grueso. Sigues queriendo verme, y no sé como huir.

La sumisión.

Te hacías el simpático porque creías que sonriéndome e invitándome a cenar al chino más barato de la calle Hortaleza seguiría aguantando viendo como se te caían los granos de arroz del tenedor debido a tu enfermedad del parkinson. Los médicos te habían recomendado usar viagra, por lo visto tenia efectos beneficiosos para dicha enfermedad. A mí me dabas arcadas, salvo el hecho de que debido a tu estado, movías el dedo mejor que nadie en mi culo.

El poder.

Me dijiste antes de conocernos que tenias el virus de la inmunodeficiencia humana. Me podías haber dicho también que llevabas bastón para andar. No te hubiera hecho subir las cuatro plantas de mi apartamento.

La muerte.

Abrí la nevera aprovechando que estabas en el baño, sospechaba de tu lipodistrofia, y al fondo encontré la tan discreta Kaletra. Me metí un par de rayas más. Y aún preguntas dónde están mis limites...?

El bien y el mal.

Me engañaste, como engañas a todo aquel que se cruza por tu camino. Les ofreces todas las drogas en cantidades industriales, les enseñas cuatro fotos que te hiciste en San Francisco, no se sabe ni cuantos años antes de que fueras un enfermo.

La fama

Que clase de cirujano eras. Si cada vez que venias a mi casa me pegabas ladillas, no quiero ni pensar cuantos se han ido a planta con alguna bajo la piel.

La contradicción

Tu cuerpo era la expresión de la belleza. Pero tu belleza no podría darme de comer. Sería un complemento perfecto para cualquier chico que no necesitara de tu poder económico. Antepuse mi meta antes que los sentimientos derivados de cuatro encuentros seguidos. No te arriesgaste demasiado, e hiciste bien.

La prudencia.

No querías ningún tipo de barreras entre los dos, yo te enseñaría mis resultados. Y así fue. Ahora parte de mi veneno circula por tus venas tal vez.

El engaño.

A pesar de todo, soy una buena persona.

La falsedad.

Y de repente, apareciste en mi vida, recuerdo tu expresión tímida al verme llegar. Psicosis Gonsales no había empezado a actuar, la había conocido un día antes, bueno, había conocido a Norberto delante de un par de cafés y nos había invitado a pasar ese día por un garito nuevo. Te di un par de besos, estabas sentado con un amigo que ambos conocíamos. Las miradas esquivas se sucedieron. Y aunque aparento ser un chico lanzado, gozo de una gran timidez. Tengo muchos complejos que trato de disimular en vano. Pero puede más la imagen que vendo que la realidad que hay debajo. Nos hicimos las primeras fotografías e irradiábamos felicidad. En un soplo, me olvidé de la venganza, el ojo por ojo, la sumisión, el poder, la muerte, el bien y el mal, la fama, la contradicción, la prudencia, el engaño, la falsedad. Me dejé llevar y caí entre tus labios hasta no poder despegarlos de ti, como caen los pájaros cuando se cansan de volar.

Sé bien que así empiezan casi todas las historias de amor. Pintamos el cuadro con pintura blanca tendiendo a creer que bajo la espesa capa desaparece el pasado. Y nos dejamos llevar bajo las sabanas a lo que dictaban nuestros cuerpos, perdiendo la conciencia. Los besos se multiplican, las manos se acarician, nos quitamos la camiseta y nos olvidamos de quitarnos la piel por no tener que enseñar todo lo que llevamos debajo. Por simple cobardía. Cayeron los pantalones, tras ellos los calzoncillos. Y ahí, desnudos sobre la cama, escribiríamos nuestro destino con jadeos, orgasmos y miradas de deseo.

Me sentí culpable esa misma mañana, debía haber tomado mis precauciones con alguien que no tiene la culpa de que me vida se desarrollara así. Aún así, mis últimos análisis daban negativo, aunque tenia mucho por lo que temer. Pasamos de puntilla sobre el tema, como para no herirnos con él, como si fuera una anécdota, y seguimos besándonos...

El amor ciego

Una mañana, tras volver de trabajar, me puse a ver una película en la habitación antes de quedarme dormido, empecé a ver nublado por el ojo derecho, me lo restregué, pero perdía completamente la visión. Me entró el pánico y poco a poco empecé a respirar más profundamente para llenar mis pulmones de oxigeno, pero no era suficiente, me faltaba el aire, mi cuerpo se puso a temblar, y me levanté a mojar mi cabeza bajo el grifo, pero no servia de nada, tenia la impresión que se me iba a escapar la vida de un momento a otro y que me encontrarían muerto. Hice una llamada desesperada a mi pareja que se encontraría trabajando y le comenté lo que ocurría entre lagrimones interminables que se fundían con el sudor de mi frente. Consiguió tranquilizarme. Desde ese día mi vida entera cambiaría, siempre con el temor de que ese ataque de ansiedad volviera a resurgir. Fue la primera señal y decidí acudir al medico, le descargué mi temor de que fuera provocado por el VIH. La pregunta de rigor era si había tenido alguna práctica de riesgo. Mi cara irónica fue toda la respuesta: “¿ Alguna ?”

La ironía.

Me gustas porque tienes cara de enfermo. Me gustan los tíos delgaditos como tú con pinta de enfermizo. Me dan un morbo tremendo.

El puñal.

Los análisis se estaban retrasando. Me habían dicho quince días, y ya íbamos por el día veinte. Yo asumí que algo iba mal, y casi al mismo tiempo asumí que ya padecía la enfermedad. No atribuía las perdidas de peso al uso de la cocaína, ni al hecho de que cada vez me alimentaba peor. Un simple herpes significaba la pérdida de todas las defensas a la vez. Psicológicamente me estaba afectando, y de qué modo, mi mundo se volvía aún más grisáceo por mucho que me empeñara en que pareciera Las Vegas. Fue el día de mi cumpleaños, por la noche había quedado con mi mejor amigo nada más, barriendo todos los conocidos para celebrarlo. A media tarde, llamé al centro de salud para coger cita con mi medico. No pensaba ir a la consulta, pero llamaría para que me pasaran con él. Me dieron hora para las siete. Estuve dos horas mirándome al espejo y diciendo en voz baja... tienes el SIDA, tienes el sida, tienes el sida... De pronto, sonó el teléfono. Era la voz de mi médico con tintes de colegueo. Dame una noticia buena, que es mi cumpleaños. A lo cual él contestó. Entonces, pásate mañana por la consulta.

Positivo.

Dime que no es cierto. Lo es. Me cayeron dos lagrimas, una por cada mejilla y mi amigo me rodeo de un brazo por cada hombro. La discoteca se quedó más helada. Sabía que tendría su apoyo sin lugar a dudas, y que lo que dura un taconazo de La Menor me arrastraría hacia la sonrisa, pero no pudo disimular su pena a consecuencia de mi mirada. Un día cuando iba con mi padre en  el coche le intenté advertir que si frenaba en ámbar el coche que venía detrás nos golpearía. Tuve tiempo de agarrarme al salpicadero, pero no pude evitar que el coche nos embistiera. Mi padre se giró hacia mí, y me dijo, estás bien. Si, estaba bien a pesar del golpe recibido.
El Gammahidroxibutirato te hace sentir feliz. Tan feliz que esa noche no puedo contar a cuantos chicos besé o con cuantos tonteé. Cada minuto que pasé en compañía de mi amigo, lo guardaré por siempre en instantáneas mágicas, abrazos de película que surgían de la nada, guiños de una complicidad absoluta. Las horas pasan, Olvido y Mario se despiden, Roberta Marrero posa sus cascos, La terremoto de Alcorcón se viste de Pepa y toca irse de nuevo al piso compartido de la calle Pelayo. Los efectos del GHB desaparecen.

Te quiero.

¿Te importa que me ponga un condón para que me la chupes? En absoluto, le contesté, pero porque no te pusiste un condón en la lengua para besarme, si tanto miedo te doy.

El dolor.

 Mi médico me preguntó que si quería realizar de nuevo las pruebas para estar seguro. “Míreme a la cara, cree que estoy en estado de perder el tiempo”. No se repitieron las pruebas y me dio cita con un médico del hospital La Paz. Al llegar me atendió una enfermera, con aires de funcionaria amargada que me hizo entrar a un despacho para realizarme las preguntas de rigor, sin ningún tipo de delicadeza.

“ ¿Desde cuando eres seropositivo? “

Como podía contestar yo a esa pregunta. No lo sabía...

“ ¿Pero has tenido muchas prácticas de riesgo? “
“ ¿Con cuantas personas te has acostado en el último año?”
“ Aquí pone que has tenido Hepatitis B, no sería la C, porque el VIH entra por la misma vía.”
“ No me estas ayudando en nada, te tengo que sacar todo con cucharilla”

Estuve a punto de mandarla a la mierda como contestación a cada pregunta, me sentía arrinconado, atrapado, como si esa mujer supiera que lo había hecho mal. Pero me hizo sentir como la cepa madre de toda la enfermedad.

Culpable.

La Sauna quedaba enfrente de mi balcón. De noche era todo un espectáculo, y de día el espectáculo solía propinarlo yo. Se acercaba el verano, y la ropa sobraba. Así que pasaba largos ratos viendo como entraban y como salían del local. Los trabajadores ya me tenían fichado, y siempre obtenía una mirada de ellos hacia las alturas. Yo, en mi castillo de paredes quebradizas, seguía teniendo un cierto atractivo capaz de hacer subir a los hombres por los jirones de mis calzoncillos. Desde arriba Chueca se ve mucho más afable, los chicos que pueden, enseñan sus cachas con camisetas de tirantes, los que no pueden tratan de llamar la atención de igual modo. Pasan por la calle, despreocupados de lo que les aguarda a un paso hacia la izquierda, a un paso hacia la derecha. Algunos salen del bar, con cara de haber follado a gusto, otros miran para ocultarse mientras se limpian restos de la comisura de la boca. De vez en cuando se ve alguna pareja, de las que duran cuatro polvos, y otras que duran toda la vida. Ese día bajé a la Sauna. Y mientras el ajetreo de la ciudad seguía su curso, ajeno a lo que pudiera pasar en alguna de las decenas de cabinas de las saunas, la enfermedad se abría paso en una nueva vida.

La eyaculación.

Me daría mucho morbo que me follaras delante de mi novio. La diferencia de edad entre ambos sería de unos treinta años. Le puse a cuatro patas en la camilla y golpeé sus nalgas con fuerza. El amor existe. El novio se corrió al vernos. Y yo también.

El tercer grado.

Lo bueno de vivir en el centro neurálgico del ambiente gay, es que estás a un paso de todos los locales y cafeterías, si no puedes dormir, te pones tus botas, tu pantalón militar, tu camiseta del ejercito y entras en algún local de sexo. Lo malo es que salir a menudo, tomar copas y drogas se sale de nómina. Un amigo me dijo que todos los que vivían en Chueca eran chaperos o traficantes. En mi caso acertó, en el de los demás no me importaba mucho la verdad. Yo quería seguir con mi estilo de vida, sin privarme de la diversión. Mi madre me dijo una vez llorando que la pena que tenía es que cuando se muriera, me vería desde el cielo pidiendo en la calle. Mis servicios no se asemejaban en mucho a la visión oscura de mi madre, pero a veces entendía perfectamente el mensaje, sobre todo cuando tocaba jugar a la rebaja de precios con los futuros clientes. Siempre he tenido a mi disposición dos caminos, el que deseaba yo, y el que me aconsejaban mis padres. El correcto sin duda alguna era el de mis progenitores, pero el que me producía más felicidad palpable era el mío. No es lo mismo dormir sólo que dormir sólo con un billete de cien en la mesilla. El billete de cien lo transformas en un gramo y medio, y ese gramo y medio arrastra a tu casa los chulos interesados, los mismos a los que ves con su pareja de día... y que ya presagiaba que durarían cuatro polvos.

La cocaína.

¿Tienes botas militares? ¿Cuánto me cobrarías por lamerte tu corrida en tus botas? Llegamos a un acuerdo económico. Él empezó a limpiarme las botas con su lengua, mientras yo me masturbaba viéndolo. Me corrí y un chorro de leche cayó sobre el cuero negro, el chico no dejaba que se le escapara ni una sola gota por los bordes. Las dejó relucientes y el también se masturbó sin sacarse su polla del calzoncillo por vergüenza a que viera que la tenía pequeña. De pronto su cara dio un giro de expresión, entre preocupado y arrepentido. ¿No tendrás ninguna enfermedad verdad?

No.

Un día, miras detrás del armario, y te encuentras con el cuadro blanco que un día colgaste en la pared. Volviste a aparecer, como si la noche hubiera durado un instante, un abrir y cerrar de ojos. Del cajón desaparecieron los resultados, de la mesilla la cocaína, de mi cuerpo el dolor, y por mi rostro volvía a brillar la esperanza de volverte querer, como si no hubiera pasado el tiempo, como si los errores cometidos se hubieran desvanecido, como si nadie desde entonces hubiera tocado mi cuerpo. Nos costó bastante acercarnos de nuevo pero tal vez no lo suficiente. Quise hacerte creer que desde que no nos veíamos no había ocurrido ningún acontecimiento que pudiera empañar nuestro re-encuentro. Sentía amor por ti. Y el amor dio paso a su expresión. Y nos dejamos llevar bajo las sabanas a lo que dictaran nuestros cuerpos, perdiendo la conciencia. Los besos se multiplicaron, las manos se acariciaron, nos quitaríamos la camiseta y me olvidé de quitarme la piel por no enseñar todo lo que llevaba debajo. Por simple cobardía. Cayeron los pantalones, tras ellos los calzoncillos. Y ahí, desnudos sobre la cama, escribiríamos nuestro destino con jadeos, orgasmos y miradas de deseo.  Varias noches se sucedieron. Y no pude.

La ruptura.

Me llevó hasta una habitación, debía ser la de su hija pequeña debido a las innumerables muñecas y juguetes que había por el suelo y por las estanterías. Se lo tragó todo de una sola sentada. No pude evitar preguntarme, cuantos hijos más deseaba tener.

La herencia.

Igual que apareciste, desapareciste. Pude entender que habías encontrado a otra persona y que habías seguido el tímido consejo con el que te advertía que un chico como yo no te convenía. Pudo ser también que la última vez que salimos con un amigo en común, no te gustaran nada mis continuas idas y venidas al aseo. Pasaron los días lamentando en el fondo no tenerte junto a mí, y sin saber los verdaderos motivos por los cuales no marcabas mi número de móvil. Sabía de ti por terceras personas.

La soledad.

Acudí a la cita con mi médico, me habían realizado nuevos análisis quince días antes para hacer un recuento. Los niveles de defensas seguían bajando pero todavía no era necesaria la medicación. Ese mismo día recibí un mensaje de París, era de un ex mío, me contaba que se encontraba bien, que no le dijera a su madre que estaba en Paris viviendo, y que lo único que le preocupaba era que había perdido muchísimo peso.  Bueno, en verdad, no le debería de sentar nada mal perder unos kilos, pero me angustié aún más. Hacia tres años que no lo veía.

El contacto.

No es fácil querer levantar un negocio, yo era en aquel entonces un chico que trabajaba en un despacho de abogados, que hablaba mejor el francés y el ingles que el español, y me veía con la necesidad de prosperar. Después de tres años de pareja, decidimos irnos a vivir juntos. Al poco tiempo se quedó sin trabajo, y poco después el endeble negocio que había levantado arrastrando las deudas que mi pareja había generado con una tienda nos llevó a la ruina económica. Tal fue la situación que para poder sobrellevar la situación del día a día, necesitábamos dinero rápido que no fácil. Fue entonces cuando discutimos la posibilidad de poner nuestros cuerpos a la venta. En verano pudimos seguir bañándonos en la piscina.

La excusa.

Recibí una llamada mientras conducía el coche que me había regalado mi padre. Buscaba un chico para pasar varias horas viendo películas pornos, masturbarse y tener sexo oral. La nevera en casa estaba vacía, estaban a punto de cortarme la luz, y a mí sólo me quedaban en el bolsillo unos cinco euros. Cuando llegué al piso, se trataba de un chico joven de unos veinticinco años y de complexión fuerte. Me pidió que le esperara mientras se duchaba, lo cual ya era un buen augurio. No todos se lavan antes de follar. Yo me duché también. Nos tumbamos en la cama y me preguntó si me gustaba la cocaína. Nunca la había probado. Lo vi tan experto en la materia que cayeron unas cuantas rayas. La noche me salió redonda. Pude pagar la luz, el agua, la factura de teléfono, y llenar la nevera. Mañana puede que me corten la luz de nuevo y no es difícil encontrar el motivo.

No siento el agua al ducharme.

Decidí llamarte, habían pasado unos meses y no veía motivos para que no nos tomáramos algo por alguna terraza. Al fin y al cabo, seguía queriéndote más de lo que te imaginabas. Al principio te costó mirarme a los ojos. Los aviones se cruzan en el cielo y no se chocan entre sí, será porque vuelan a distintas alturas. Estuvimos hablando de cosas incongruentes, me ocultabas algo, pero yo no me percataba. El granizado de limón se deshizo y nos tiramos en el césped del parque cercano. Hacia tanto tiempo que no disfrutaba del césped, me embargaba de nuevo una tranquilidad, un borrón y cuenta nueva. Entonces me preguntaste sobre la última vez que salimos de fiesta:

“ Hay algún motivo que deba conocer por el cual tu amigo te aconsejó que no tomaras drogas en tu estado... ”

Suicidio.

Jugar con fuego tiene sus peligros, pero quemar la piel de la persona que amas, has amado o incluso has dejado de amar tiene un punto de crueldad más allá de la maldad aunque estuviera ausente de intención. Uno se deshace del peso de la culpa con la facilidad que se gasta sesenta euros. Pero como reparar un daño cuando no hay marcha atrás. Podría pedir perdón el resto de la vida, o quitarme la vida para no tener que pedir perdón. Como recomponer la ruptura de confianza sin que falte por siempre una pieza en el puzzle. Lloré desconsolado en todos los brazos que me quisieron escuchar, sin pensar en ningún momento a que conclusión podrían llegar.

Lamento.

Entiendes ahora porque no podía mirarte a la cara, me trataste peor que se trata a la basura. Me lo debías de haber dicho, sabes que no hubiera pasado nada.

La razón.

Esa tarde me llamó mi mejor amigo para que me bajara a la plaza de Chueca, iban a pillar unas latas y a tirarse por el suelo para hacer las mamarrachas. Yo me había bajado la taza de café con leche que me había preparado y nos tiramos por el suelo. La plaza siempre está animada cuando llega el verano. Puedes pasar horas hablando, tanto de cosas serias como dilapidando a todo el que pase por delante. Estuvimos hasta que oscureció, yo me volvía hacia casa. Mi amigo fue a darme un mordisco para hacer una gracia, y me mordió el labio arrancando un trocito de carne y manchándose los suyos de sangre.

El accidente.

Me habías pegado la ostia más grande que pudiera haber recibido en toda mi vida, y reaccioné. Si las cosas no tienen solución, hay que asumirlas, tragarse el orgullo y mirar hacia el suelo hasta que te pidan que levantes la cabeza. Esa desunión hizo que mis sentimientos hacia él se revelaran más verdaderos. Lo quería. No cabía la menor duda. Me equivoqué.

El tiempo que todo lo cura.

A veces se apodera de mí la soledad, intento paliarla con sexo fácil, alcohol y drogas, me arrastro con prepotencia en los bares de sexo. Mi desnudez sigue atrayendo, sigue excitando, sigue provocando. La última noche que estuve en aquel lugar llegó un chico que tendría dieciocho años, bello, sin ningún tipo de subjetividad. Estuvo paseándose completamente desnudo por el local y muchos lo miraban con cara de deseo. Yo me quedé observando desde una colchoneta. El diablo con su enorme rabo llegó y lo sedujo. Estuvieron tonteando un rato los dos, hasta que su cola desapareció entre las piernas abiertas de aquel muchacho. Bienvenido al infierno.

El espejo

Anoche te pedí que vinieras a casa, nunca me has negado un favor, y necesitaba que estuvieras a mi lado. Me había metido tres tiros de cocaína, aunque aparenté que no había tomado nada. Pero necesitaba sincerarme, vomitar la verdad, redimir mis pecados, volver a empezar aunque el cuadro de la pared resultara verdaderamente manchado por mucho que intentara taparlo con capas de pintura blanca. Me habías conquistado más allá de lo que yo mismo imaginaba. Ahora necesitaba que me rescatases por mucho que me costara. Intentar recuperar todo el tiempo desperdiciado. Estuvimos hablando sobre la cama de mi habitación alquilada. De las vueltas que damos para llegar al mismo lugar. De mis errores inconfesables. Del precio a pagar. Y tus labios se volvieron a pegar a los míos, con más fuerza que en todas las anteriores ocasiones. Querer es fácil. Pero hasta esta noche no sabía lo que significaba amar.

Amar.

Mi compañero de piso estuvo vomitando popper toda la noche, se le había colado por la nariz al inhalar.

La otra habitación

Nuestros cuerpos se volvieron a tocar y sé bien que hiciste lo que hiciste para que no me sintiera tan culpable. Los errores compartidos son más fáciles de llevar pero no lo vuelvas hacer. No quiero que sufras ahora que te tengo al lado.

La liberación.

Yo pensaba que eras seropositivo y que por eso te dejabas follar a pelo. No, no lo era, pero ya veo que ahora tengo todas las papeletas para llevarme el gordo.

Imbécil.

En la vida te puedes encontrar con gente inocente y gente culpable, dos caras del mismo peligro. El inocente es un inconsciente, el culpable no te desea ningún bien, te tenderá trampas avivando tus morbos sexuales. Cuando menos te des cuenta, serás igual de culpable o inocente. Y serás un peligro. Las barreras son fáciles de delimitar con un trozo de látex. De ti depende en que mundo quieres perecer.

Ángel. (1972-2005)

A veces oigo el soplo entre los cristales. Es tu cálido aliento. Viendo como me marcho. Sólo, pero en paz.